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Como el perro del pastor

     Les voy a contar un hecho que me impactó a la vez que supuso en mi un enorme desconcierto y una desazón propia del investigador que se ve descolocado en sus teorías. Saqué de esta historia una enorme enseñanza; el perro comienza a realizar conductas que, como las nuestras, no pueden ser encasilladas, comienza a desarrollar algunas virtudes propias hasta ahora, de la especie elegida. Perdonen si les suena a antropomorfismo lo que les voy a contar... (continuar el relato)

El perro, el mejor amigo del hombre

"La historia de Old Drum"

Todos hemos escuchado, leído y hasta pronunciado alguna vez la frase: "El perro es el mejor amigo del hombre", pero muy pocos conocen el origen de esas palabras. No se trata de un refrán anónimo ni producto de la sabiduría popular, sino del extracto de un discurso emocionalmente pronunciado por el abogado norteamericano Jeorge Grahan Vest... (continuar la historia)

Una historia común

    Yo no creo haber hecho nada malo esta mañana… Me parecieron todos muy nerviosos. Iban y venían por los pasillos, esquivándose unos a otros. Ella le gritaba a la madre de él, y los dos niños, con las manos llenas de cosas, entraban en el dormitorio de los padres, que yo tengo prohibido. La pequeña –la más amiga mía- chocó contra mí dos o tres veces. Yo le buscaba los ojos, porque es la mejor manera que tengo de entenderlos ... (continuar el relato)

Carta de un cachorro a su dueño

Tú eres mi amigo y solo te pido amor. Has decidido hacerte responsable de mí y me siento tan tan agradecido... Existirá entre nosotros un secreto pacto de confianza que jamás será quebrantado por mi parte. Debes de ser comprensivo por algún tiempo, acabo de separarme de mi madre y de mis hermanos... Me notarás desorientado, inquieto y algunas noches lloraré, ya que los extraño mucho... (continuar la carta)

 


COMO EL PERRO DEL PASTOR

Les voy a contar un hecho que me impactó a la vez que supuso en mi un enorme desconcierto y una desazón propia del investigador que se ve descolocado en sus teorías. Saqué de esta historia una enorme enseñanza; el perro comienza a realizar conductas que, como las nuestras, no pueden ser encasilladas, comienza a desarrollar algunas virtudes propias hasta ahora, de la especie elegida. Perdonen si les suena a antropomorfismo lo que les voy a contar; realmente lo es.

Hace algunos años, cuando vivía mi pequeña e iracunda Kika, mi hija decidió vencer ese mal carácter de perra abandonada que poseía la grifona como consecuencia de un año en perrera municipal. Para ello, frecuentaba un parque cercano a mi casa donde se reunían muchos dueños con sus perros. Hablaban y cambiaban impresiones mientras los chuchos disfrutaban de carreras, revolcones y alguna que otra pelea en las que Kika siempre era protagonista.

En mi afán de conocer a perros y perreros, comencé a frecuentar las tertulias callejeras, a relacionarme con aquellas extraordinarias personas que invertían parte de su tiempo en este agradable menester y, sobre todo, a escuchar sus historias.
Algo de lo que siempre se hablaba era de la conducta de un hombre, con aspecto de jubilado rural, que tenía la inveterada costumbre de darle golosinas azucaradas a su perro todos los días, delante de todos nosotros e ignorando olímpicamente nuestros desinteresados consejos.

- ¡Le va a dañar el hígado!
    -¿No ve usted que su perro no metaboliza el azúcar como nosotros?

El buen anciano nos miraba, sonreía y volvía a sacar una chuchería de su bolsa para dársela inmediatamente a su perro. El gran mestizo de Pastor alemán, engullía el dulce con más fruición que un niño y el anciano lo acariciaba con deleite mientras nosotros, consumados científicos, nos indignábamos.

Un día llegué el primero al parque y me coloqué en el banco que el anciano ocupaba todos los días esperando que ni él ni su perro rehuyeran mi compañía. Mi maniobra tuvo éxito ya que, pasada media hora, la buena pareja entró en el parque y el dueño del alobado tomó asiento junto a mí.
Durante un buen rato el anciano acarició y alimentó a su amigo como si el animal tuviese hambre endémica. Solo cuando su perro estuvo ahíto de chucherías permitió que la esperada conversación se iniciara entre nosotros.

- Todos ustedes están deseando saber por qué doy golosinas a este pobre animal de doce años. ¿Verdad?
- Pues, sí.
- Sé que usted estudia y escribe sobre los animales y su comportamiento. Si me promete no citar mi verdadero nombre, le autorizo a publicar la historia de mi perro.
Yo no podía perder tan truculenta oferta y me faltó tiempo para empeñar mi palabra. Prometí escuchar hasta el final y guardé un respetuoso silencio hasta que el buen hombre llegó al final de la historia que les transcribo.

"Como usted habrá adivinado por mi apariencia, soy un pastor retirado y durante muchos años cuidé de los rebaños ajenos. La situación económica de mis padres no me permitió estudiar más que las cuatro reglas y algo de gramática. De joven marché al monte y allí he permanecido hasta mi retiro aunque, si le digo la verdad, lo echo de menos cada vez más.

He tenido muchos perros que han sido como mis manos y ojos a la hora de cuidar del ganado. Los he utilizado como herramientas pero también los he querido como amigos ya que mi vida ha transcurrido en la más absoluta soledad.
Este perro que ve ha sido el último de los que ha compartido conmigo mi pan y cabaña. Lo cogí de cachorro y es extraordinario para las labores de pastoreo, tan bueno que he llegado a pensar que el animal sabe lo que me pasa por la cabeza en cualquier momento.

Hace cuatro años, durante la nevada en Sierra Morena, contraje una enfermedad que me imposibilitó para salir de la cabaña y preocuparme de mi rebaño. La fiebre se apoderó de mí y estuve durante muchos días sin percatarme del mundo que me rodeaba. Solo me tranquilizaba el saber que mi buen Atila se habría hecho cargo de todo, que recogería el rebaño todos los días, que llevaría a los animales a pastar durante las mañanas templadas y que impediría que sus parientes los lobos diezmasen una manada de cabras que no eran mías.

A los tres días de enfermedad, se acabaron los víveres y entré en una especie de sopor de la que solo salía para comer algunos trozos de carne cruda que Atila ponía sobre mi catre y beber sorbos de agua del depósito de la cabaña. La carne que el perro me suministraba estaba ensangrentada al principio y seca al paso de los días. Yo no era capaz de ni de pensar de donde salía aquel alimento; solo lo comía para salvar mi vida.

En ese estado permanecí casi dos semanas hasta que una mañana me encontré con fuerzas para abandonar el jergón y salir de la cabaña. Mi perro me saludó efusivamente mientras corría detrás de las cabras llevándolas de un pasto a otro. Inmediatamente me puse a contar los animales rogando a Dios que no faltara ninguno ya que el valor de cada cabra era casi mi salario de un mes.
¡Faltaban dos animales, dos cabritos del último año! Me afané en encontrarlos durante tres horas sin encontrar rastro de ellos. De vuelta a la cabaña pasé por el cubil que el mismo Atila había acondicionado para soportar las largas y frías noches de guardia y ....¡Allí había restos de huesos y piel de cabrito!
Lo llamé a voces mientras lo increpaba por la matanza. ¡Desgraciado, has matado a dos animales, me has arruinado, pasaré hambre por tu culpa!

Mi pena y autocompasión fueron en aumento hasta que, fuera de mí, llamé al perro, le pasé una cuerda por el cuello y lo colgué del árbol más cercano. Don Antonio...¡Yo ahorqué a mi perro!
Al encerrarme en la cabaña llegada la noche, comencé a llorar acordándome de Atila, me debatí entre el hambre y mi sentimiento de culpa. El buen Atila había matado para salvarme de una muerte por inanición, había compartido su caza conmigo y yo, en pago, había acabado con él.

Con esos remordimientos me desvele hasta que llegado el alba caí presa de un profundo sopor. En sueños me parecía oír su ladrido y hasta un golpeteo acompañado de arañazos en la vieja puerta de la cabaña. Me desperté sobresaltado y corrí hacia ella, la abrí de golpe y...¡Allí estaba Atila! Llevaba colgando del cuello el resto de la cuerda que se había roto en el balanceo. Lloraba como un cachorro y lamía mis pies mientras adoptaba la postura típica de sumisión... ¡Mostraba sumisión hacia un dueño loco que había tratado de matarlo!

Cuando el dueño del rebaño se enteró de la historia, me perdonó la deuda de los dos cabritos no sin antes hacerme prometer que velaría por la vida de mi buen compañero ya que, de no ser por Atila, el rebaño estaría mermado y yo, posiblemente muerto.

El año pasado me jubilé, compré una pequeña casita en las afueras y allí vivimos Atila y yo. La pensión que tengo, como usted comprenderá, es muy escasa pero no tanto como para que mi perro deje de comer lo que quiera. Últimamente se ha aficionado a las chucherías y aprovechando que el médico me ha quitado de fumar, invierto el dinero del tabaco en dulces para mi amigo".
Llegado a este punto, mi interlocutor volvió a callarse y a hacer gala del mutismo propio de la persona que solo habla con su perro en la soledad de la montaña.
Yo me quedé con las ganas de seguir hablando y, sobre todo, con las de darle el consejo típico de no suministrar dulces al perro. Respeté su silencio, acaricié al viejo Atila y me retiré hacia el grupo donde estaba mi hija con Kika. Mientras me retiraba, oí la voz del pastor a mis espaldas:

- ¡Don Antonio, ya sé que no hay que darle dulces a los perros!
-¿Por qué lo hace entonces?
- Porque si a Atila no lo mató la cuerda, ¿lo va a hacer una chuchería? ...

D. Antonio Pozuelos J. de Cisneros      

       


EL PERRO ES EL MEJOR AMIGO DEL HOMBRE

"La historia de Old Drum"

Todos hemos escuchado, leído y hasta pronunciado alguna vez la frase: "El perro es el mejor amigo del hombre", pero muy pocos conocen el origen de esas palabras. No se trata de un refrán anónimo ni producto de la sabiduría popular, sino del extracto de un discurso emocionalmente pronunciado por el abogado norteamericano Jeorge Grahan Vest.

Esta es la historia:

Corría el verano de 1870 en los Estados Unidos. En el condado de Warrensburg, Missouri, Viejo Drum era un foxhound muy conocido en el lugar por sus manifiestas habilidades en la caza de zorros que, por esos tiempos, solían darse opíparos banquetes en los gallineros de los vecinos del lugar.

Charles Burden, su dueño, lo amaba entrañablemente. Se sentía orgulloso de él y, cuando tomaba copas con sus amigos, no hacía otra cosa que hablar de las hazañas de su compañero de cuatro patas, que pacientemente lo aguardaba a las puertas del salon.

Una mañana se desató la tragedia. Viejo Drum apareció muerto de un certero disparo en la cabeza. Lo encontraron junto a un alambrado de la finca del acaudalado Leonidas Hornsby, vecino de Burden. Este último, tras llorar amargamente mientras abrazaba el cuerpo inerme de su compañero, no dudó. Las evidencias indicaban claramente que Hornsby había asesinado al Viejo Drum.

Burden, en su dolor, decidió que las cosas no podían quedar así y llevó el caso al tribunal de justicia de Warrensburg. Allí, luego de reírse de él por pretender que alguien fuese juzgado por la muerte de un perro, le indicaron que lo máximo de la demanda no podía superar los 150 dólares.

La causa finalizó y el afligido dueño del Viejo Drum resultó derrotado.

Sin embargo, decidió no bajar los brazos. Apeló hasta que el caso llegó a la Corte del Estado en la que se dispuso que fuese el tribunal del juez Foster Wright el que administrara justicia de forma inapelable.

Hornsby, el acusado, fue representado por dos luminarias del momento: Francis Cockrell, futuro senador de los Estados Unidos por Missouri, y Thomas Critteden, que llegaría a ser gobernador del Estado.

Como patrocinante de Burden y Viejo Drum actuó el coronel Wells Blodgett, que rápidamente se dio cuenta de que actuaría en desventaja.

Por pura casualidad, el militar se enteró de que en Warrensburg se encontraba George Graham Vest, un famoso abogado asesor presidencial. Ni lerdo ni perezoso, Blodgett le suplicó que lo ayudara. El letrado, que mas adelante ocuparía una banca en el Capitolio durante 24 años, aceptó por su amor a los perros.

El juez Wright, que estaba dispuesto a aplicar la fría letra de la ley para acabar con el caso ese mismo día, nunca pensó que asistiría a una lucha sin cuartel en la que se acuñaría la que después sería una frase famosa.

Critteden y Cockrell se dirigieron al jurado. Su pilar argumental giró en torno del valor monetario de la pérdida de Burden, que consideraron ridícula. Eso era lo que George G. Vest esperaba.

Tras meditar unos instantes, se puso lentamente de pie y, mientras caminaba de un extremo al otro de la sala, dejó de lado el resarcimiento económico y habló de lo único que le interesaba: un perro había sido muerto salvajemente.

De su alegato, con el que ganó el juicio, sólo se conserva el fragmento que transcribimos textualmente:

Señores del jurado, el mejor amigo que tiene un hombre en el mundo puede volverse contra él. Su hijo o hija, a los que ha criado con amoroso cuidado, pueden ser desagradecidos. Aquellos que están mas cerca nuestro y que nos son más queridos, aquellos a los que les confiamos nuestra felicidad y nuestro buen nombre, pueden traicionarnos. El dinero que un hombre ahorra puede perderse. La reputación puede ser sacrificada en un momento de acción impensada.

La gente que está dispuesta a caer de rodillas para honrarnos cuando el éxito nos sonríe, puede ser la primera en tirar la piedra de la maldad cuando el fracaso nubla nuestras cabezas. El único amigo absoluto y desinteresado que puede tener un hombre en este mundo egoísta, el que nunca es desagradecido o traicionero, es su perro.

Con esto estoy diciendo que el perro es el mejor amigo del hombre.

¿Por qué sres. del jurado?. Porque el perro de un hombre está a su lado en la prosperidad y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad. El dormirá en la fría tierra, donde sopla el viento y la nieve se arremolina implacable, sólo para poder estar al lado de su dueño. Besará la mano que no puede ofrecerle comida, cuidará las heridas y penas que el encuentro con la rudeza del mundo le ocasione. Guardará el sueño de su pobre señor como si fuera un príncipe. Cuando todos los demás nos abandonan, él permanece. Cuando la riqueza desaparece y la reputación se hace añicos, él es tan constante en su amor como el sol en su viaje por el cielo.

Si el destino lleva a su señor a ser un proscripto en el mundo, sin amigos y sin hogar, el perro no pide otro privilegio que el de acompañarlo para defenderlo del peligro y pelear contra sus enemigos. Y cuando el último de todos los actos llega, y la muerte se lleva a su amo, no importa si todos los amigos siguen su camino. Allí, junto a su tumba, encontraréis al noble perro, la cabeza entre las patas, los ojos tristes, pero abiertos en alerta vigilancia, fiel y leal aún en la muerte.

Leónidas Hornsby no sólo debió pagar el doble de lo demandado sino que fue a dar con sus huesos a la cárcel.


UNA HISTORIA COMÚN

    Yo no creo haber hecho nada malo esta mañana… Me parecieron todos muy nerviosos. Iban y venían por los pasillos, esquivándose unos a otros. Ella le gritaba a la madre de él, y los dos niños, con las manos llenas de cosas, entraban en el dormitorio de los padres, que yo tengo prohibido. La pequeña –la más amiga mía- chocó contra mí dos o tres veces. Yo le buscaba los ojos, porque es la mejor manera que tengo de entenderlos: los ojos y las manos. El resto del cuerpo ellos lo saben dominar y, si se lo proponen, pueden engañarte y engañarse entre sí; pero las manos y los ojos, no. Sin embargo, esta mañana mi pequeña no me quería mirar. Sólo después de ir detrás de ella mucho tiempo, en aquel vaivén desacostumbrado, me dijo: "Drake, no me pongas nerviosa. ¿No ves que nos vamos de veraneo, y están los equipajes sin hacer?". Pero no me tocó ni me miró.

    Yo, para no molestar, me fui a mi rincón, me eché encima de mi manta y me hice el dormido. También a mí me ilusionaba el viaje. Les había oído hablar días y días del mar y de la montaña. No sabía con certeza que habían elegido: Pero comprendo que, en las vacaciones –y más en estas, que son más largas que las otras dos- mi pequeña podrá estar todo el día conmigo. Y lo pasaremos muy bien, estemos donde estemos, siempre que sea juntos…

Tardaron tres horas en iniciar la marcha. Fueron bajando las maletas al coche, los paquetes, la comida –que olía a gloria- y los envoltorios del último momento. Yo necesitaba correr de arriba abajo por la escalera, pero me aguanté. Cuando fueron a cerrar la puerta, eché de menos mi manta. Entré en su busca; me senté sobre ella; pero él me llamó muy enfadado...

    -¡Drake, venga!- y no tuve más remedio que seguirlo. Mientras bajaba, caí en la cuenta de que, en el lugar al que fuéramos, había otra manta. Ellos siempre tienen razón.

     Los tres mayores, mi pequeña, su hermano y yo…Era difícil caber en aquel coche, tan cargado de bultos; pero estábamos bien, tan apretados todos. Yo me acurruqué en la parte de atrás, bajo los pies de los niños. La madre de él se sentó en un extremo, que suele ser su sitio, y todavía no se le habían olvidado las voces de ella de la mujer, porque no decía nada; sólo miraba las calles y la luz, que era muy fuerte, a través del cristal…Los niños se peleaban con cualquier pretexto esta mañana; seguían muy nerviosos.

Yo sufrí sus patadas con tranquilidad, porque sabía que no iban a durar y porque era el principio de las vacaciones. Cuando, de pronto, el niño le dio un coscorrón a mi pequeña, yo le lamí las piernas con cariño; pero ella me dio un manotazo como si la culpa hubiera sido mía. La miré para ver si sus ojos me decían lo contrario. Ella, mi pequeña quiero decir, no me miraba.

    Fue cuando ya habíamos perdido de vista la ciudad. Él se echó a un lado y paró el coche. Los de delante daban gritos los dos, no se si porque discutían o por qué. La madre de él no decía nada; Ya antes había empezado a decir algo, y ella la cortó con muy malos modales. Tampoco los niños decían nada…Él bajó del coche y cerró de un portazo; le dio la vuelta; abrió la puerta del lado de los niños, y me agarró en el collar. Yo no entendí. Quizá quería que hiciese pis, pero yo lo había hecho en un árbol mientras cargaban y disponían los bultos. Me resistí un poco, y él, con mucha irritación y voces, tiró de mí. Me hizo daño en el cuello. Me bajó del coche. Empujó con violencia la puerta, y volvió a sentarse al volante. Oí el ruido del motor. Alcé las manos hacia la ventanilla: me apoyé en el cristal. Detrás de él vi la cara de mi pequeña con los ojos muy redondos; le temblaban los labios….        

Arrancó el coche, y yo caí de bruces. Corrí tras él, porque no se daban cuenta de que yo no estaba dentro: pero aceleró tanto que tuve que detenerme cuando ya el corazón me salía por la boca…Me aparté, porque otro coche, en dirección contraria, casi me arrolla. Me eché a un lado, a esperar y a mirar, porque estoy seguro de que volverán por mí…Tanto miraba en la dirección de los desaparecidos que me distraje, y un coche negro no pudo evitar atropellarme…No ha sido mucho; un golpe seco que me tiró a la cuneta…Aquí estoy. No me puedo mover. Primero, porque espero que vuelvan a este mismo sitio en el que me dejaron; segundo, porque no consigo menear esta pata. Quizá el golpe del coche negro aquél no fue tan poca cosa como creí…Me duele la pata hasta cuando me la lamo. Me duele todo…

Pronto vendrá mi pequeña y me acariciará y me mirará a los ojos. Los ojos y las manos de mi pequeña nunca serán capaces de engañarme. Aquí estaré…Si tuviese siquiera un poco de agua; hace tanto calor y tengo tanto sueño…No me puedo dormir. Tengo que estar despierto cuando lleguen…Me siento más solo que nadie en este mundo…Aquí estaré hasta que me recoja. Ojalá vengan pronto…

D. Antonio Gala


 

CARTA DE UN CACHORRO A SU DUEÑO

Tú eres mi amigo y solo te pido amor. Has decidido hacerte responsable de mí y me siento tan tan agradecido... Existirá entre nosotros un secreto pacto de confianza que jamás será quebrantado por mi parte. Debes de ser comprensivo por algún tiempo, acabo de separarme de mi madre y de mis hermanos... Me notarás desorientado, inquieto y algunas noches lloraré, ya que los extraño mucho...

Compréndeme, yo te comprenderé a ti por muchos años, seré tu mejor amigo, entenderé tus cambios de humor, tus alegrías, tus días buenos y tus días malos, estaré a tu lado acompañándote en tu soledad y en tu tristeza, te trataré siempre con el mismo amor, con la misma lealtad.

Lameré la mano con la que me castigues, porque mi capacidad de perdonar es infinita... Pero no me castigues, enséñame.

Desconozco los detalles que puedan irritarte y deseo complacerte en todo... Deseo también que te sientas orgulloso de mí cuando me veas echado a tus píes, cuando camine a tu lado por la calle como tu sombra fiel, quiero responder a ese ideal de perro que tienes, pero depende de ti; seré el reflejo de tu modo de tratarme y educarme, ayúdame a no defraudarte.

Si me tratas mal... seré agresivo. Háblame, entiendo cada una de tus palabras aunque no te conteste con el mismo lenguaje. Aprende a leer mis ojos y comprenderás cuanto te entiendo. Estoy seguro de que me cuidaras con mucho amor, poco a poco nos haremos grandes amigos...

Durante mucho tiempo estaré a tu lado, creceremos juntos compartiremos tantas y tantas cosas... y el día que me vaya a vivir a alguna estrella, mira al cielo con frecuencia porque siempre te estaré ahí contemplando desde allí arriba. Pero deseo pedirte algo, entonces no dejes mi camita vacía, hay otro cachorro esperándote y le llegarás a amar tanto como a mí... Ahora ven a jugar conmigo, tenemos muchos años por delante para hacernos felices...


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