COMO EL PERRO DEL
PASTOR
Les voy a contar un hecho que me impactó a la vez
que supuso en mi un enorme desconcierto y una desazón propia del
investigador que se ve descolocado en sus teorías. Saqué de esta
historia una enorme enseñanza; el perro comienza a realizar
conductas que, como las nuestras, no pueden ser encasilladas,
comienza a desarrollar algunas virtudes propias hasta ahora, de
la especie elegida. Perdonen si les suena a antropomorfismo lo
que les voy a contar; realmente lo es.
Hace algunos años, cuando vivía mi pequeña e
iracunda Kika, mi hija decidió vencer ese mal carácter de perra
abandonada que poseía la grifona como consecuencia de un año en
perrera municipal. Para ello, frecuentaba un parque cercano a mi
casa donde se reunían muchos dueños con sus perros. Hablaban y
cambiaban impresiones mientras los chuchos disfrutaban de
carreras, revolcones y alguna que otra pelea en las que Kika
siempre era protagonista.
En mi afán de conocer a perros y perreros,
comencé a frecuentar las tertulias callejeras, a relacionarme
con aquellas extraordinarias personas que invertían parte de su
tiempo en este agradable menester y, sobre todo, a escuchar sus
historias.
Algo de lo que siempre se hablaba era de la conducta de un
hombre, con aspecto de jubilado rural, que tenía la inveterada
costumbre de darle golosinas azucaradas a su perro todos los
días, delante de todos nosotros e ignorando olímpicamente
nuestros desinteresados consejos.
- ¡Le va a dañar el hígado!
-¿No ve usted que su perro no metaboliza el azúcar como
nosotros?
El buen anciano nos miraba, sonreía y volvía a
sacar una chuchería de su bolsa para dársela inmediatamente a su
perro. El gran mestizo de Pastor alemán, engullía el dulce con
más fruición que un niño y el anciano lo acariciaba con deleite
mientras nosotros, consumados científicos, nos indignábamos.
Un día llegué el primero al parque y me coloqué
en el banco que el anciano ocupaba todos los días esperando que
ni él ni su perro rehuyeran mi compañía. Mi maniobra tuvo éxito
ya que, pasada media hora, la buena pareja entró en el parque y
el dueño del alobado tomó asiento junto a mí.
Durante un buen rato el anciano acarició y alimentó a su amigo
como si el animal tuviese hambre endémica. Solo cuando su perro
estuvo ahíto de chucherías permitió que la esperada conversación
se iniciara entre nosotros.
- Todos ustedes están deseando saber por qué doy golosinas a
este pobre animal de doce años. ¿Verdad?
- Pues, sí.
- Sé que usted estudia y escribe sobre los animales y su
comportamiento. Si me promete no citar mi verdadero nombre, le
autorizo a publicar la historia de mi perro.
Yo no podía perder tan truculenta oferta y me faltó tiempo para
empeñar mi palabra. Prometí escuchar hasta el final y guardé un
respetuoso silencio hasta que el buen hombre llegó al final de
la historia que les transcribo.
"Como usted habrá adivinado por mi apariencia,
soy un pastor retirado y durante muchos años cuidé de los
rebaños ajenos. La situación económica de mis padres no me
permitió estudiar más que las cuatro reglas y algo de gramática.
De joven marché al monte y allí he permanecido hasta mi retiro
aunque, si le digo la verdad, lo echo de menos cada vez más.
He tenido muchos perros que han sido como mis
manos y ojos a la hora de cuidar del ganado. Los he utilizado
como herramientas pero también los he querido como amigos ya que
mi vida ha transcurrido en la más absoluta soledad.
Este perro que ve ha sido el último de los que ha compartido
conmigo mi pan y cabaña. Lo cogí de cachorro y es extraordinario
para las labores de pastoreo, tan bueno que he llegado a pensar
que el animal sabe lo que me pasa por la cabeza en cualquier
momento.
Hace cuatro años, durante la nevada en Sierra
Morena, contraje una enfermedad que me imposibilitó para salir
de la cabaña y preocuparme de mi rebaño. La fiebre se apoderó de
mí y estuve durante muchos días sin percatarme del mundo que me
rodeaba. Solo me tranquilizaba el saber que mi buen Atila se
habría hecho cargo de todo, que recogería el rebaño todos los
días, que llevaría a los animales a pastar durante las mañanas
templadas y que impediría que sus parientes los lobos diezmasen
una manada de cabras que no eran mías.
A los tres días de enfermedad, se acabaron los
víveres y entré en una especie de sopor de la que solo salía
para comer algunos trozos de carne cruda que Atila ponía sobre
mi catre y beber sorbos de agua del depósito de la cabaña. La
carne que el perro me suministraba estaba ensangrentada al
principio y seca al paso de los días. Yo no era capaz de ni de
pensar de donde salía aquel alimento; solo lo comía para salvar
mi vida.
En ese estado permanecí casi dos semanas hasta
que una mañana me encontré con fuerzas para abandonar el jergón
y salir de la cabaña. Mi perro me saludó efusivamente mientras
corría detrás de las cabras llevándolas de un pasto a otro.
Inmediatamente me puse a contar los animales rogando a Dios que
no faltara ninguno ya que el valor de cada cabra era casi mi
salario de un mes.
¡Faltaban dos animales, dos cabritos del último año! Me afané en
encontrarlos durante tres horas sin encontrar rastro de ellos.
De vuelta a la cabaña pasé por el cubil que el mismo Atila había
acondicionado para soportar las largas y frías noches de guardia
y ....¡Allí había restos de huesos y piel de cabrito!
Lo llamé a voces mientras lo increpaba por la matanza.
¡Desgraciado, has matado a dos animales, me has arruinado,
pasaré hambre por tu culpa!
Mi pena y autocompasión fueron en aumento hasta
que, fuera de mí, llamé al perro, le pasé una cuerda por el
cuello y lo colgué del árbol más cercano. Don Antonio...¡Yo
ahorqué a mi perro!
Al encerrarme en la cabaña llegada la noche, comencé a llorar
acordándome de Atila, me debatí entre el hambre y mi sentimiento
de culpa. El buen Atila había matado para salvarme de una muerte
por inanición, había compartido su caza conmigo y yo, en pago,
había acabado con él.
Con esos remordimientos me desvele hasta que
llegado el alba caí presa de un profundo sopor. En sueños me
parecía oír su ladrido y hasta un golpeteo acompañado de
arañazos en la vieja puerta de la cabaña. Me desperté
sobresaltado y corrí hacia ella, la abrí de golpe y...¡Allí
estaba Atila! Llevaba colgando del cuello el resto de la cuerda
que se había roto en el balanceo. Lloraba como un cachorro y
lamía mis pies mientras adoptaba la postura típica de
sumisión... ¡Mostraba sumisión hacia un dueño loco que había
tratado de matarlo!
Cuando el dueño del rebaño se enteró de la
historia, me perdonó la deuda de los dos cabritos no sin antes
hacerme prometer que velaría por la vida de mi buen compañero ya
que, de no ser por Atila, el rebaño estaría mermado y yo,
posiblemente muerto.
El año pasado me jubilé, compré una pequeña
casita en las afueras y allí vivimos Atila y yo. La pensión que
tengo, como usted comprenderá, es muy escasa pero no tanto como
para que mi perro deje de comer lo que quiera. Últimamente se ha
aficionado a las chucherías y aprovechando que el médico me ha
quitado de fumar, invierto el dinero del tabaco en dulces para
mi amigo".
Llegado a este punto, mi interlocutor volvió a callarse y a
hacer gala del mutismo propio de la persona que solo habla con
su perro en la soledad de la montaña.
Yo me quedé con las ganas de seguir hablando y, sobre todo, con
las de darle el consejo típico de no suministrar dulces al
perro. Respeté su silencio, acaricié al viejo Atila y me retiré
hacia el grupo donde estaba mi hija con Kika. Mientras me
retiraba, oí la voz del pastor a mis espaldas:
- ¡Don Antonio, ya sé que no hay que darle dulces a los perros!
-¿Por qué lo hace entonces?
- Porque si a Atila no lo mató la cuerda, ¿lo va a hacer una
chuchería? ...
D.
Antonio Pozuelos J. de Cisneros
EL PERRO
ES EL MEJOR AMIGO DEL HOMBRE
"La historia de Old Drum"
Todos hemos escuchado, leído y hasta pronunciado
alguna vez la frase: "El perro es el mejor amigo del hombre",
pero muy pocos conocen el origen de esas palabras. No se trata
de un refrán anónimo ni producto de la sabiduría popular, sino
del extracto de un discurso emocionalmente pronunciado por el
abogado norteamericano Jeorge Grahan Vest.
Esta es la historia:
Corría el verano de 1870 en los Estados Unidos.
En el condado de Warrensburg, Missouri, Viejo Drum era un
foxhound muy conocido en el lugar por sus manifiestas
habilidades en la caza de zorros que, por esos tiempos, solían
darse opíparos banquetes en los gallineros de los vecinos del
lugar.
Charles Burden, su dueño, lo amaba
entrañablemente. Se sentía orgulloso de él y, cuando tomaba
copas con sus amigos, no hacía otra cosa que hablar de las
hazañas de su compañero de cuatro patas, que pacientemente lo
aguardaba a las puertas del salon.
Una mañana se desató la tragedia. Viejo Drum
apareció muerto de un certero disparo en la cabeza. Lo
encontraron junto a un alambrado de la finca del acaudalado
Leonidas Hornsby, vecino de Burden. Este último, tras llorar
amargamente mientras abrazaba el cuerpo inerme de su compañero,
no dudó. Las evidencias indicaban claramente que Hornsby había
asesinado al Viejo Drum.
Burden, en su dolor, decidió que las cosas no
podían quedar así y llevó el caso al tribunal de justicia de
Warrensburg. Allí, luego de reírse de él por pretender que
alguien fuese juzgado por la muerte de un perro, le indicaron
que lo máximo de la demanda no podía superar los 150 dólares.
La causa finalizó y el afligido dueño del Viejo
Drum resultó derrotado.
Sin embargo, decidió no bajar los brazos. Apeló
hasta que el caso llegó a la Corte del Estado en la que se
dispuso que fuese el tribunal del juez Foster Wright el que
administrara justicia de forma inapelable.
Hornsby, el acusado, fue representado por dos
luminarias del momento: Francis Cockrell, futuro senador de los
Estados Unidos por Missouri, y Thomas Critteden, que llegaría a
ser gobernador del Estado.
Como patrocinante de Burden y Viejo Drum actuó el
coronel Wells Blodgett, que rápidamente se dio cuenta de que
actuaría en desventaja.
Por pura casualidad, el militar se enteró de que
en Warrensburg se encontraba George Graham Vest, un famoso
abogado asesor presidencial. Ni lerdo ni perezoso, Blodgett le
suplicó que lo ayudara. El letrado, que mas adelante ocuparía
una banca en el Capitolio durante 24 años, aceptó por su amor a
los perros.
El juez Wright, que estaba dispuesto a aplicar la
fría letra de la ley para acabar con el caso ese mismo día,
nunca pensó que asistiría a una lucha sin cuartel en la que se
acuñaría la que después sería una frase famosa.
Critteden y Cockrell se dirigieron al jurado. Su
pilar argumental giró en torno del valor monetario de la pérdida
de Burden, que consideraron ridícula. Eso era lo que George G.
Vest esperaba.
Tras meditar unos instantes, se puso lentamente
de pie y, mientras caminaba de un extremo al otro de la sala,
dejó de lado el resarcimiento económico y habló de lo único que
le interesaba: un perro había sido muerto salvajemente.
De su alegato, con el que ganó el juicio, sólo se
conserva el fragmento que transcribimos textualmente:
Señores del jurado, el mejor amigo que tiene un
hombre en el mundo puede volverse contra él. Su hijo o hija, a
los que ha criado con amoroso cuidado, pueden ser
desagradecidos. Aquellos que están mas cerca nuestro y que nos
son más queridos, aquellos a los que les confiamos nuestra
felicidad y nuestro buen nombre, pueden traicionarnos. El dinero
que un hombre ahorra puede perderse. La reputación puede ser
sacrificada en un momento de acción impensada.
La gente que está dispuesta a caer de rodillas
para honrarnos cuando el éxito nos sonríe, puede ser la primera
en tirar la piedra de la maldad cuando el fracaso nubla nuestras
cabezas. El único amigo absoluto y desinteresado que puede tener
un hombre en este mundo egoísta, el que nunca es desagradecido o
traicionero, es su perro.
Con esto estoy diciendo que el perro es el mejor
amigo del hombre.
¿Por qué sres. del jurado?. Porque el perro de un
hombre está a su lado en la prosperidad y en la pobreza, en la
salud y en la enfermedad. El dormirá en la fría tierra, donde
sopla el viento y la nieve se arremolina implacable, sólo para
poder estar al lado de su dueño. Besará la mano que no puede
ofrecerle comida, cuidará las heridas y penas que el encuentro
con la rudeza del mundo le ocasione. Guardará el sueño de su
pobre señor como si fuera un príncipe. Cuando todos los demás
nos abandonan, él permanece. Cuando la riqueza desaparece y la
reputación se hace añicos, él es tan constante en su amor como
el sol en su viaje por el cielo.
Si el destino lleva a su señor a ser un
proscripto en el mundo, sin amigos y sin hogar, el perro no pide
otro privilegio que el de acompañarlo para defenderlo del
peligro y pelear contra sus enemigos. Y cuando el último de
todos los actos llega, y la muerte se lleva a su amo, no importa
si todos los amigos siguen su camino. Allí, junto a su tumba,
encontraréis al noble perro, la cabeza entre las patas, los ojos
tristes, pero abiertos en alerta vigilancia, fiel y leal aún en
la muerte.
Leónidas Hornsby no sólo debió pagar el doble de
lo demandado sino que fue a dar con sus huesos a la cárcel.

UNA HISTORIA COMÚN
Yo no creo haber hecho nada malo esta
mañana… Me parecieron todos muy nerviosos. Iban y venían por los
pasillos, esquivándose unos a otros. Ella le gritaba a la madre
de él, y los dos niños, con las manos llenas de cosas, entraban
en el dormitorio de los padres, que yo tengo prohibido. La
pequeña –la más amiga mía- chocó contra mí dos o tres veces. Yo
le buscaba los ojos, porque es la mejor manera que tengo de
entenderlos: los ojos y las manos. El resto del cuerpo ellos lo
saben dominar y, si se lo proponen, pueden engañarte y engañarse
entre sí; pero las manos y los ojos, no. Sin embargo, esta
mañana mi pequeña no me quería mirar. Sólo después de ir detrás
de ella mucho tiempo, en aquel vaivén desacostumbrado, me dijo:
"Drake, no me pongas nerviosa. ¿No ves que nos vamos de veraneo,
y están los equipajes sin hacer?". Pero no me tocó ni me miró.
Yo, para no molestar, me fui a mi rincón, me
eché encima de mi manta y me hice el dormido. También a mí me
ilusionaba el viaje. Les había oído hablar días y días del mar y
de la montaña. No sabía con certeza que habían elegido: Pero
comprendo que, en las vacaciones –y más en estas, que son más
largas que las otras dos- mi pequeña podrá estar todo el día
conmigo. Y lo pasaremos muy bien, estemos donde estemos, siempre
que sea juntos…
Tardaron tres horas en iniciar la marcha. Fueron
bajando las maletas al coche, los paquetes, la comida –que olía
a gloria- y los envoltorios del último momento. Yo necesitaba
correr de arriba abajo por la escalera, pero me aguanté. Cuando
fueron a cerrar la puerta, eché de menos mi manta. Entré en su
busca; me senté sobre ella; pero él me llamó muy enfadado...
-¡Drake, venga!- y no tuve más remedio que
seguirlo. Mientras bajaba, caí en la cuenta de que, en el lugar
al que fuéramos, había otra manta. Ellos siempre tienen razón.
Los tres mayores, mi pequeña, su hermano y
yo…Era difícil caber en aquel coche, tan cargado de bultos; pero
estábamos bien, tan apretados todos. Yo me acurruqué en la parte
de atrás, bajo los pies de los niños. La madre de él se sentó en
un extremo, que suele ser su sitio, y todavía no se le habían
olvidado las voces de ella de la mujer, porque no decía nada;
sólo miraba las calles y la luz, que era muy fuerte, a través
del cristal…Los niños se peleaban con cualquier pretexto esta
mañana; seguían muy nerviosos.
Yo sufrí sus patadas con tranquilidad, porque
sabía que no iban a durar y porque era el principio de las
vacaciones. Cuando, de pronto, el niño le dio un coscorrón a mi
pequeña, yo le lamí las piernas con cariño; pero ella me dio un
manotazo como si la culpa hubiera sido mía. La miré para ver si
sus ojos me decían lo contrario. Ella, mi pequeña quiero decir,
no me miraba.
Fue cuando ya habíamos perdido de vista la
ciudad. Él se echó a un lado y paró el coche. Los de delante
daban gritos los dos, no se si porque discutían o por qué. La
madre de él no decía nada; Ya antes había empezado a decir algo,
y ella la cortó con muy malos modales. Tampoco los niños decían
nada…Él bajó del coche y cerró de un portazo; le dio la vuelta;
abrió la puerta del lado de los niños, y me agarró en el collar.
Yo no entendí. Quizá quería que hiciese pis, pero yo lo había
hecho en un árbol mientras cargaban y disponían los bultos. Me
resistí un poco, y él, con mucha irritación y voces, tiró de mí.
Me hizo daño en el cuello. Me bajó del coche. Empujó con
violencia la puerta, y volvió a sentarse al volante. Oí el ruido
del motor. Alcé las manos hacia la ventanilla: me apoyé en el
cristal. Detrás de él vi la cara de mi pequeña con los ojos muy
redondos; le temblaban los labios….
Arrancó el coche, y yo caí de bruces. Corrí tras
él, porque no se daban cuenta de que yo no estaba dentro: pero
aceleró tanto que
tuve que detenerme cuando ya el corazón me salía por la boca…Me
aparté, porque otro coche, en dirección contraria, casi me
arrolla. Me eché a un lado, a esperar y a mirar, porque estoy
seguro de que volverán por mí…Tanto miraba en la dirección de
los desaparecidos que me distraje, y un coche negro no pudo
evitar atropellarme…No ha sido mucho; un golpe seco que me tiró
a la cuneta…Aquí estoy. No me puedo mover. Primero, porque
espero que vuelvan a este mismo sitio en el que me dejaron;
segundo, porque no consigo menear esta pata. Quizá el golpe del
coche negro aquél no fue tan poca cosa como creí…Me duele la
pata hasta cuando me la lamo. Me duele todo…
Pronto vendrá mi pequeña y me acariciará y me
mirará a los ojos. Los ojos y las manos de mi pequeña nunca
serán capaces de engañarme. Aquí estaré…Si tuviese siquiera un
poco de agua; hace tanto calor y tengo tanto sueño…No me puedo
dormir. Tengo que estar despierto cuando lleguen…Me siento más
solo que nadie en este mundo…Aquí estaré hasta que me recoja.
Ojalá vengan pronto…
D.
Antonio
Gala

CARTA DE UN CACHORRO A
SU DUEÑO
Tú eres mi amigo y solo te pido amor. Has
decidido hacerte responsable de mí y me siento tan tan
agradecido... Existirá entre nosotros un secreto pacto de
confianza que jamás será quebrantado por mi parte. Debes de ser
comprensivo por algún tiempo, acabo de separarme de mi madre y
de mis hermanos... Me notarás desorientado, inquieto y algunas
noches lloraré, ya que los extraño mucho...
Compréndeme, yo te comprenderé a ti por muchos
años, seré tu mejor amigo, entenderé tus cambios de humor, tus
alegrías, tus días buenos y tus días malos, estaré a tu lado
acompañándote en tu soledad y en tu tristeza, te trataré siempre
con el mismo amor, con la misma lealtad.

Lameré la mano con la que me castigues, porque mi
capacidad de perdonar es infinita... Pero no me castigues,
enséñame.
Desconozco los detalles que puedan irritarte y
deseo complacerte en todo... Deseo también que te sientas
orgulloso de mí cuando me veas echado a tus píes, cuando camine
a tu lado por la calle como tu sombra fiel, quiero responder a
ese ideal de perro que tienes, pero depende de ti; seré el
reflejo de tu modo de tratarme y educarme, ayúdame a no
defraudarte.
Si me tratas mal... seré agresivo. Háblame,
entiendo cada una de tus palabras aunque no te conteste con el
mismo lenguaje. Aprende a leer mis ojos y comprenderás cuanto te
entiendo. Estoy seguro de que me cuidaras con mucho amor, poco a
poco nos haremos grandes amigos...
Durante mucho tiempo estaré a tu lado, creceremos
juntos compartiremos tantas y tantas cosas... y el día que me
vaya a vivir a alguna estrella, mira al cielo con frecuencia
porque siempre te estaré ahí contemplando desde allí arriba.
Pero deseo pedirte algo, entonces no dejes mi camita vacía, hay
otro cachorro esperándote y le llegarás a amar tanto como a
mí... Ahora ven a jugar conmigo, tenemos muchos años por delante
para hacernos felices...


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"Peña de amigos de los boyeros
suizos: boyero de berna, boyero de appenzell, boyero de
entlebuch y gran boyero suizo"